Fritz Haarmann vivía en Hannover, una ciudad alemana muy golpeada a finales de la primera guerra mundial por la hiperinflación y por el hambre, y fue ahí donde cometió algunos de los crímenes más horrendos de que se tiene noticia.
El primer hallazgo
El 17 de mayo de 1924 unos niños que jugaban cerca de un río hallaron un cráneo humano y el 29 de mayo se descubrió otro. La ciudad se llenó de espanto cuando el 13 de junio fueron hallados dos más. Los forenses dijeron que los cráneos pertenecían a chicos entre 18 y 20 años y el último a un niño de 12. En todos los casos, los cuerpos habían sido decapitados y la carne removida completamente.
Inicialmente se pensó que eran restos provenientes del cercano instituto anatómico de Gottingen, o que eran obras de perpetradores de tumbas. Estas historias, al parecer, fueron inventadas por los habitantes para ocultar la realidad que se presentaba de forma tan grotesca ante sus propios ojos.
Más restos humanos
Poco después, unos niños hallaron un saco conteniendo huesos humanos. En aquél entonces, el número de niños desaparecidos era alto. La cuenta para 1923 era de 600. La mayor parte de los niños perdidos tenían entre 14 y 18 años y los rumores decían que su carne estaba a la venta en el mercado local.
El Domingo de Pentecostés de 1924, cientos de personas salieron de Hannover y se distribuyeron por los ríos y puentes cercanos, donde se pusieron a buscar restos humanos. Fueron hallados cientos de huesos, más de 500, pertenecientes por lo menos a 22 personas.
Fritz Haarmann
Las investigaciones llevaron a la policía finalmente a Friedrich (Fritz) Haarmann, conocido traficante de ropa, carne y, además, homosexual. No se trataba de un individuo que inspirara temor de forma natural. Era amigable, sonriente y cortés, de estatura mediana, ancho y fuerte, cara redonda y ojos expresivos, con un gran bigote de morsa. De movimientos nerviosos, rápidos, hablaba velozmente y de forma correcta, y aunque era de constitución atlética, su apariencia era algo femenina y su voz aguda. Movía las posaderas todo el tiempo, parpadeaba constantemente y se relamía los labios. Amaba hornear y cocinar, pero fumaba fuertes cigarros.
Un hombre de contrastes, sin duda.
El Inicio
Haarmann comenzó su escalada asesina en septiembre de 1918, en un tiempo en que Alemania sufría graves problemas económicos y desabasto de comida. Un joven llamado Friedel Roth desapareció de su casa el día 25. Los amigos de Friedel dijeron todo lo que sabían a la policía y un detective sorprendió a Fritz Haarmann en la cama con el joven. Fue sentenciado a nueve meses de prisión por perversión juvenil. Increíblemente, no se llevó a cabo un registro de la casa de Haarmann. Cinco años después, bajo interrogatorio, éste confesó que en aquél entonces tenía la cabeza de un chico metida detrás de la estufa, envuelta en papel periódico.
Hans Grans
En 1919 Haarmann conoció a Hans Grans, un ladronzuelo que primero se prostituyó con Haarmann por dinero pero que luego se convirtió en su pareja. Después de que Haarman salió de la cárcel, ambos comenzaron una lucrativa “empresa” de robo. De alguna manera, Haarmann se hizo de una pensión por invalidez y, al mismo tiempo, circulaba en los bajos fondos sirviendo a la policía como informante. También robaba ropa y la vendía en otras partes, logrando con todo esto buenos ingresos.
En 1923, Haarmann regresó a sus raíces asesinas. Fingiendo ser un policía, detuvo a un par de jovencitos en la estación de trenes de Hannover, pero dejó ir al menos atractivo y mató al segundo. En los siguientes nueve meses mató a 12 más. Casi siempre los captaba en las estaciones de trenes en donde les ofrecía alojamiento o trabajo, o los arrestaba haciéndose pasar por un policía. Usaba tan seguido esta treta que algunos de los verdaderos policías de la estación de trenes pensaban que era un detective.
El método asesino
El método que usaba para matar a sus víctimas era particularmente brutal: Mordiéndoles el cuello con tal fuerza que les arrancaba la tráquea. Sin embargo, seguía teniendo buenos instintos comerciales. Desmembraba el cuerpo y vendía la ropa y la carne. Las partes inservibles eran arrojadas al río.
Haarmann era hábil y se aseguraba de que las víctimas hubiesen salido de sus casas en malos términos. De esta forma, los lejanos o enojados padres tardaban un buen tiempo en reportar la desaparición y para entonces las ropas y la carne de las víctimas ya habían sido distribuidas por Hannover y eran prácticamente imposibles de encontrar. En una ocasión, un sujeto se presentó en la estación de policía porque pensaba que la carne que le habían vendido (y que se conectaba directamente con Haarmann) era carne humana. Sin embargo, ¡el criminólogo de la policía dijo que era cerdo!
Para 1924, las víctimas de Haarmann, se piensa, se elevaban a 27 y la policía lo consideraba ya un fuerte sospechoso. Fue investigado repetidamente, pero era astuto y no dejaba evidencia que lo ligara directamente con las víctimas.
El arresto de Fritz Haarmann
El arresto de Haarman se llevó a cabo de una forma bastante extraña. Ya sospechaban que éste recogía a sus víctimas en la estación de trenes, y dos jóvenes oficiales de otra ciudad se presentaron ahí fingiendo haber huido de sus hogares con la esperanza de que Haarmann los llevara a su casa y atraparlo “con las manos en la masa”. Sin embargo, en aquél momento Haarmann estaba discutiendo con Karl Fromm, un chico con el que había estado cohabitando por algún tiempo pero que se había vuelto molesto y demasiado celoso. Haarmann lo llevó a la policía de la estación y lo acusó de viajar con papeles falsos. Una vez ahí, el joven le volteó los papeles y acusó a Haarmann de abuso sexual, por lo que Haarmann fue arrestado finalmente el 23 de junio de 1924
Confesión
Al registrar la casa de Haarmann, hallaron cientos de objetos pertenecientes a sus víctimas, los cuales fueron identificadas por los familiares. Él dijo que estaba en posesión de dichas cosas debido a sus negocios de compra y venta de ropa usada, y aunque admitió haber tenido relaciones sexuales con algunas de las víctimas, negó cualquier conocimiento de su paradero. Durante muchos días, Haarmann proveyó excusa tras excusa a la policía, explicaciones que sonaban lógicas y los interrogadores eran incapaces de hacerlo caer en la menor contradicción. Sin embargo, tras siete días de interrogatorios despiadados, de encararse con los padres de las víctimas, con las personas que lo habían visto en compañía de los chicos, confesó.
El asesino llevó a la policía a los lugares donde recordaba haber tirado los huesos. Se mostró cooperador y hasta “aliviado” de haber confesado por fin y de que todo aquello por fin hubiera terminado. Su compañero, Grans, fue arrestado y los confrontaron en varias ocasiones. Haarmann permaneció en prisión hasta el 16 de agosto antes de ser enviado a Gottingen para una evaluación psiquiátrica. El juicio, sin precedentes en la historia criminal de Alemania, contenía 60 volúmenes de archivos abiertos desde el 4 de diciembre de 1924. Duró 14 días, durante los cuales declararon cerca de 200 testigos y el número de acusaciones de asesinato fue de 27.
El juicio y el veredicto
Haarmann dirigió su propia defensa. Su lenguaje desenfadado, mezclado con cierta dosis de sarcasmo, ironía y astucia, mantuvo a la prensa en vilo, entretenida con las maneras y procedimientos de aquél hombre, al cual se le dio una enorme libertad durante el proceso.
Hans Grans fue acusado de dos casos de instigación, pero Haarmann convenció al jurado de que Grans había tenido mucho más que ver con las muertes, y el jurado le creyó, arruinando las posibilidades de Hans de quedar al margen del asunto.
Inevitablemente, la parte más escalofriante vino cuando Haarmann subió al estrado para relatar su método para asesinar a las víctimas, cosa que hizo de la manera más gráfica posible. Dijo que cuando los conocía, no tenía intenciones homicidas hacia ellos, pero que en el transcurso siempre surgía algo que lo hacía saltar sobre ellos y arrancarles a mordidas la manzana de Adán mientras los estrangulaba al mismo tiempo. Luego, hacía dos cortes en el abdomen y ponía los intestinos en una cubeta, limpiaba la sangre y aplastaba los torsos hasta que se rompían las clavículas. Sacaba el resto de las vísceras y comenzaba el proceso de descarnar los huesos. Luego tiraba todo al río. Rompía los cráneos en pedazos y también los arrojaba al río.
Luego vendía la ropa y la carne.
Declaró que sólo asesinaba chicos hermosos, que lo guiaba la belleza, no el odio, que muchas veces le dijo a Grans que lo metiera en un asilo, que no podía continuar haciendo aquello y que deseaba ser decapitado, porque aquello tomaría sólo un momento y después todo habría terminado.
El 19 de diciembre de 1924, Haarmann recibió 24 sentencias de muerte y Grans una. Haarmann pidió ser decapitado en un mercado, y que en su tumba se pusiera la siguiente inscripción: “Aquí yace el asesino en masa Haarmann”. El jurado accedió y Haarman fue decapitado, mientras que Grans apelaba a la sentencia, lo cual se le negó.
Sin embargo, poco después el padre de Grans recibió una carta con la confesión de Fritz Haarmann donde declaraba la inocencia de Hans Grans, diciendo que había sido acusado injustamente y sólo por causa de su propia sed de venganza.
Sin embargo, Grans fue ejecutado.
Cinco psiquiatras declararon mentalmente enfermo a Haarmann. Muchos piensan que se trató de una injusticia la que se cometió con este hombre, quien ante la presión de los interrogatorios confesó crímenes que no había cometido.
La historia de Fritz Haarmann
Fritz Haarmann fue el más chico de seis hermanos y desde pequeño su madre lo vestía con ropas femeninas y lo hacía jugar con muñecas. En constante conflicto con su padre, tenían frecuentes riñas, y era un niño poco apto en la escuela pero bastante hábil en cuestiones físicas y para ganarse el aprecio de sus compañeros. Desde niño comenzó a molestar a los otros. Le gustaba asustar a los demás, y una de sus tretas preferidas era salir por la noche y tocar a las ventanas de los durmientes profiriendo gemidos lastimeros.
Comenzó a atacar sexualmente a los otros chicos y un médico lo envió a un asilo mental antes de que cumpliera 18 años, de donde escapó aterrorizado, diciendo que prefería morir antes de regresar ahí, y lo decía con toda convicción. Viajó a Suiza y poco después regresó a Hannover. Se casó con una mujer llamada Erna Loewert, pero Haarman la abandonó al poco tiempo y se unió al ejército, pero fue dado de baja por sufrir crisis epilépticas tras un accidente sufrido haciendo ejercicios de gimnasia. Se le diagnosticó también con una “deficiencia mental”.
Comenzó su carrera criminal, robando, engañando, cometiendo fraudes y después de 1904, pasó la tercera parte de los siguientes 20 años en custodia o en prisión y, como se ha visto, terminó su vida en manos de una justicia que por lo menos desde la óptica de los tiempos modernos no estuvo del todo clara
(foto: Tumba en Hannover dedicada a las víctimas de Fritz Haarmann)




