¿Quién puede señalar con exactitud el momento preciso, el acontecimiento o la persona a la que se debe el interés que dará forma a todo su porvenir?
Para Federico Alejandro de Humboldt, tal vez fueron las narraciones de tierras lejanas que le contó su primer preceptor, Joaquín Campe, quien había traducido el Robinson Crusoe.
Alejandro de Humboldt nació en Berlín el 14 de septiembre de 1769 y fue hijo segundo del comandante Alejandro Jorge de Humboldt. En la época en que nació Alejandro, su padre acababa de renunciar al puesto de chambelán del rey y pensaba dedicarse a mejorar su residencia campestre de Tegel, situada a unos doce kilómetros de Berlín, en un hermoso marco natural, a orillas del Havel. El año 1769 no sólo vio el nacimiento de Alejandro von Humboldt, sino también el de Napoleón y Wellington.
Cristian Kunht entró al servicio del comandante de Humboldt en calidad de preceptor en 1777. Kunht creía que era necesario equilibrar el desarrollo de la mente con el del cuerpo. Animó a Alejandro y a su hermano a observar, examinar y poner en duda, no sólo a aprender de memoria.
El primer interés de Alejandro en la historia natural se manifestó en su celo por coleccionar flores, plantas, mariposas y piedras. Le llamaban “El pequeño boticario”. ¿Podía alguien haber predicho en esa época que su primer interés en las colecciones continuaría y se ampliaría hasta el grado de que, después de su regreso de América del Sur, clasificaría aproximadamente sesenta mil ejemplares de plantas?
En 1783, unos cuatro años después de la muerte de su padre, los hermanos fueron enviados a Berlín con su predecesor a fin de ponerlos en contacto con algunos de los pensadores más distinguidos de aquellos días. En ese tiempo, Alejandro adquirió su habilidad para bosquejar y dibujar, capacidad que le permitió ilustrar sus estudios de botánica, zoología y anatomía, y dibujar mapas del país en sus exploraciones y expediciones posteriores.
En 1789, Humboldt se reunió con su hermano en la Universidad de Gotinga. Ésta estaba en el apogeo de su gloria como escuela de ciencias. Allí escuchó las lecciones de los miembros de la facultad sobre arqueología, anatomía, fisiología, historia natural y ciencias físicas, filosofía e idiomas. En ese plantel conoció a Jorge Forster, quien acompañó al capitán Cook como naturalista en el segundo viaje de ese gran navegante alrededor del mundo. Forster, con sus relatos de aventuras, de tierrras extrañas y espectáculos más extraños aún, y su amor a la verdad y al conocimiento, fue otro eslabón en la cadena de quienes inspiraron a Alejandro y vigorizaron su deseo de viajar y explorar. Alejandro escribiría: “… el estudio de los mapas y la lectura de los libros de viaje ejercían una secreta fascinación en mí que a veces resultaba casi irresistible”.
Un viaje de dos meses, con un condiscípulo, se tradujo en la publicación, cuando tenía veintiún años de edad, del primero de sus muchos estudios; éste se tituló Observaciones mineralógicas sobre algunos basaltos del Rin. En esta disertación, puso de manifiesto la rara facultad de observación y el conocimiento de las relaciones recíprocas en la naturaleza que se hace tan evidente en sus obras posteriores.
Para proseguir su educación según los lineamientos deseados por su familia, ingresó en la Escuela de Comercio de Hamburgo, donde continuó obedientemente sus estudios de teneduría de libros y economía, al mismo tiempo que seguía entregándose a su pasión por la botánica y la mineralogía. A fin de ampliar sus conocimientos en esta última esfera, solicitó y obtuvo el ingreso en la Escuela de Minería de Friburgo, donde investigó temas tan diversos como las leyes que rigen el crecimiento de las plantas, la germinación de las semillas en ácido clorhídrico diluido y la causa del color verde de las plantas que crecen en la intensa oscuridad de las minas. Más tarde escribiría un tratado sobre la flora subterránea.
De Friburgo, cuando sólo tenía veintidós años de edad, se fue a Bayreuth, en Baviera, para trabajar como superintendente de minas, con instrucciones de mejorar la esplotación minera de ese lugar. Pasó muchos días visitándolas y dirigiendo los trabajos de los mineros. Ni allí perdió de vista su interés en la naturaleza; empleó parte de si tiempo en observar los tipos de plantas que crecían en los tiros de las minas. En medio de su trabajo de minería práctica, se esforzó por mejorar la vida del minero y su familia, instituyendo clases para los jóvenes y los viejos, según sus necesidades, y trabajando por la concesión de pensiones. También perfeccionó un respirador que permitía al minero respirar aire puro, y una lámpara que reducía la amenaza de las explosiones subterráneas.
A la muerte de su madre, en 1796, Humboldt recibió una cuantiosa herencia. Se haría realidad su deseo de largos viajes y exploraciones. En 1799, acompañado por un joven naturalista que se llamaba A. J. A. Bonpland, viajó a Madrid, donde se le concedió permiso para explorar a su costa las posesiones españolas en América. Salieron de España ese mes de junio en la fragata Pizarro, que zarpó para Cuba, pero llegaron a lo que hoy es Venezuela debido a un brote de fiebre a bordo del barco. Su propósito principal, según las palabras de Humboldt, era el averiguar cómo obran unas sobre otras las fuerzas de la naturaleza y de qué manera influye el ambiente geográfico en los animales y las plantas; en otras palabras: Observar la armonía entre las fuerzas de la naturaleza.
En América del Sur se asombraron con las nuevas formas de vegetación, el esplendor de los cielos, los pueblos que vivían de una manera extraña para ellos y los lenguajes de origen desconocido, ricos en su expresión. Aunque no los primeros en visitar esas regiones, fueron los primeros en estudiar la naturaleza como unidad: las formaciones de rocas con las plantas y el suelo en que crecían, el clima con el comportamiento humano, y los terremotos con la formación de tierra y los depósitos minerales. Antes de que pasaran tres meses, reunieron más de 1,600 plantas y encontraron 600 nuevas especies. No es posible imaginar las incomodidades y los peligros que tuvieron que arrostrar. Estuvieron expuestos a los elementos, picados por insectos y atemorizados por los animales hambrientos, pero siguieron reuniendo y desecando ejemplares de plantas y observando y describiendo los hábitos de los pueblos, los animales y las plantas que los rodeaban.
Humboldt visitó Perú en 1801. El viaje le dio la oportunidad de contemplar los Andes y examinar una vez más el efecto del clima sobre la vegetación. Dedujo que “la clasificación e identificación sólo tenían importancia si se podía integrar esa información con toda la naturaleza”. Pero el ser el primero en escalar las grandes alturas del Chimborazo, la cima más alta de los Andes, fue muy satisfactorio, porque, inclusive, para Humboldt, ” lo inaccesible ejerce siempre una secreta satisfacción”.
El viaje al pacífico y después a México se distinguió por los nuevos estudios. En un punto, los viajeros estuvieron un mes para examinar el árbol de la quina, que ya entonces se conocía por su valor medicinal. Más tarde se usaría la quinina de su corteza en el tratamiento de la malaria. También en la costa oyó hablar del guano, que desde hacía mucho tiempo lo empleaban los peruanos por sus propiedades fertilizantes. Aunque no la descubrió, Humboldt hizo cuidadosas mediciones y observaciones de la fría corriente peruana, que más tarde recibiría el nombre de “Corriente de Humboldt”.
Después de salir de México, viajó a Filadelfia y Washington, donde conoció al presidente Jefferson y otros distinguidos hombres de ciencia, a quienes comunicó algunas de sus observaciones y quienes le hablaron de la reforma democrática del gobierno.
Después de una ausencia de cinco años y de viajes que abarcaron sesenta y cinco mil kilómetros, Humboldt volvió a Europa con colecciones de notas que llenaban treinta y cinco cajas. Durante los siguientes treinta años reunió en treinta volúmenes sus observaciones, descripciones, mapas, gráficas, estadísticas, bocetos y conclusiones, divididos en seis categorías: Narraciones de viajes; descripción de animales; geografía y economía política de México, comprendiendo el sudoeste norteamericano y California; astronomía; geografía vegetal, y estudios botánicos.
Mientras atendía la publicación de sus escritos, pasaba el tiempo con José Gay-Lussac investigando la constitución química de la atmósfera y los métodos para probar su pureza. Está bien documentada su influencia y su ayuda a otros jóvenes científicos. Entre ellos puede mencionarse a Darwin, quien atribuyó a su lectura de la Narración de los viajes de Humboldt la dirección que siguió su propia carrera; Agassiz, el cual gracias a la generosidad de Humboldt, inició en París, en 1833, la publicación de sus Investigaciones sobre los peces fósiles; Gauss, el matemático, quien recibió ayuda en su carrera profesional cuando Humboldt gozaba del favor del rey. Durante ese periodo, Humboldt aceptó la invitación del emperador ruso Nicolás para visitar los Urales y sus minas, a fin de hacer un estudio científico, a pesar de que cumpliría los sesenta años de edad antes de que terminara la misión.
La obra maestra de Humboldt fue su monumental Cosmos, una amplia descripción del Universo, la cual encarnaba su filosofía de las relaciones mutuas de toda la naturaleza. Consideraba que, así como el Universo era un ejemplo de integración, así también el género humano cumpliría sus más grandes hazañas cuando trabajara unido. Escribió: “…no hay razas inferiores. Todas están destinadas igualmente a alcanzar la libertad…” en una época en que aún florecía la compra y venta de los esclavos. Los dos primeros volúmenes del Cosmos fueron publicados en 1845 y 1847, escritos por él tanto en alemán como en francés, pero muy pronto se tradujeron a otros diversos idiomas. El quinto volumen quedó terminado cuando tenía ochenta y nueve años de edad. La muerte llegó antes de que transcurriera un año, como si su vida se hubiera prolongado para hacer posible la terminación de su gran obra, en la cual combinó los pensamientos y observaciones de un hombre que, en su vida, hizo aportaciones a las esferas de la antropología, la astronomía, la botánica, la geografía, la geología, el magnetismo, la meteorología, la fisiología y la zoología. Cuando murió, el 6 de mayo de 1859, cumplió su instancia de que “El hombre debe aspirar siempre a lo bueno y a lo grande”.



