Si yo tuviera cinco años y acabara de sufrir una herida de guerra (a los cinco años las heridas, los moretones y las raspaduras son algo de lo cual uno se siente orgulloso), rogaría… suplicaría… imploraría que me pusieran una de estas banditas. No estoy del todo seguro, pero creo que habría elegido la de las arañas (para aterrar a las niñas) o el del gusano, para sorprender a los varones en la escuela.
Todavía recuerdo aquellos tiempos, en los que si me hacía una herida el fin de semana, oraba porque no se curara antes del lunes, para exhibirla en todo su esplendor ante las miradas sorprendidas de mis colegas (que, obviamente, también tenían cinco años y decían “¡Ohhh!” o “¡Ssssss!”) y que siempre preguntaban “¿Te duele mucho?” ante lo cual uno ponía cara de perdonavidas y decía: “Puesss… un poco”, aunque me estuviera cagando del dolor.
¿La de los ojos y la del cierre? ¡Nah! Se ven poco realistas, y no harían honor a la gravedad de la huella que la batalla ha dejado.
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