Los 101 locos egregios que cambiaron el mundo: 11.- Galileo Galilei

by Andrés Borbón on 6 February, 2009

in Locos Egregios

300px-Galileo.arp.300pix Tenía 69 años de edad y su cabello y su barba eran tan blancos como la espuma. Sus ojos, que miraron al cielo a través de sus telescopios y observaron más que cualquier ser humano desde el principio de los tiempos, estaban apagados por la edad. Su reputación de ser uno de los más brillantes científicos de su tiempo fue razón de que reyes, reinas, príncipes y duques disputaran sus servicios. Ahora estaba arrodillado ante el temido tribunal de la Inquisición, obligado a confesar públicamente un error que no era un error: “Yo, Galieleo Galilei… abandono la falsa opinión… de que el sol es el centro (del Universo) y está inmóvil… Abjuro, maldigo y detesto los dichos errores!. Algunos dicen que cuando el anciano se puso de pie murmuró para sus adentros: “E pur si muove”: Y sin embargo (la Tierra) se mueve (alrededor del Sol).

 

Se haya atrevido o no a musitar esta retractación, su espíritu tenía libertad para retroceder muchos años. Pensó en las exhortaciones que le hizo su padre cuando era niño “…preguntar libremente y responder libremente… como conviene a quienes buscan con sinceridad la verdad”. En realidad, siguió el consejo de su padre. Al principio fue cauto, como cuando rechazó al joven Kepler que lo instaba a apoyar públicamente la teoría copernicana. Luego se acordó de la satisfacción que sintió cuando, años después, su libro Siderius nuncius reveló al mundo las pruebas de la teoría copernicana, que observó mediante sus telescopios. La suerte quedó echada, y luchó por la verdad contra la ignorancia supersticiosa y la autoridad inexorable. La lucha fue larga, contra formidables obstáculos, y se preguntaba ahora si resultó vana, pues la voz implacable de la Inquisición ordenaba que se prohibieran los libros de Galileo y que se le pusiera en prisión. Así, en 1633, el viejo científico en su agonía, volvió la mirada a los años pasados.

Nació en Pisa, Italia, en una familia de siete hijos, con un padre que era un talentoso músico y un hombre de considerable cultura. A temprana edad, Galileo prometía mucho tanto mental como manualmente. Tenía diecisiete años cuando ingresó en la universidad de pisa, donde se especializó en medicina y estudió también matemáticas y ciencias físicas.

Una vez, cuando todavía estudiaba en Pisa, observó la regularidad con que oscilaba una lámpara en la catedral. Apenas pudo esperar hasta que volvió a su casa para experimentar con bolitas de plomo atadas a hilos de diferentes longitudes. ¡Maravilla de maravillas! Descubrió que, cualquiera que fuese la magnitud de la oscilación o el peso del plomo, la bolita necesitaba el mismo tiempo para completar un viaje de ida y vuelta. Sólo el cambio de longitud afectaba el tiempo de la oscilación (periodo de vibración). Esta observación condujo al invento del péndulo, usado en los relojes y otros instrumentos para medir con precisión el tiempo. Leyó ávidamente las obras de Arquímedes y usó las matemáticas para probar algunos de los experimentos de este último con líquidos y aleaciones. Como estudiante, tuvo una mente inquisitiva y fama de disputador.

A los veinticinco años, con ayuda del gran duque de Toscana, cuya atención conquistó por su obra científica de estudiante, Galileo fue nombrado profesor de matemáticas de la Universidad de Pisa, con un salario de unos sesenta y cinco dólares anuales (el equivalente). En aquella época a los profesores de matemáticas se les pagaba mucho menos que a todos los demás, debido a que se consideraba que las matemáticas resultaban de poca importancia. Como profesor, Galileo prosiguió su búsqueda de la verdad, analizando las teorías científicas de Aristóteles mediante la aplicación de las matemáticas y las observaciones experimentales. Así, por ejemplo, Aristóteles afirmó que la velocidad de los objetos era proporcional a su peso. Galileo, conocedor de los experimentos de un científico holandés que refutaban esa teoría, anunció que probaría públicamente la falsedad de la teoría aristotélica. Ante una multitud de observadores, ente los que estaban muchos de sus escépticos colegas de la universidad, procedió a dejar caer desde la parte alta de la torre de Pisa una bola de plomo de una libra y otra de diez libras. Y, por supuesto, las bolas llegaron al suelo aproximadamente al mismo tiempo. Viendo una semejanza fundamental entre la caída libre de los cuerpos y los objetos que ruedan por un plano inclinado, Galileo prosiguió este experimento haciendo un plano inclinado con una tabla de madera de doce metros de longitud, pues se le ocurrió pensar que sería más fácil estudiar el movimiento de los objetos en un plano inclinado. Hizo ranuras en un lado de la tabla para señalar las distancias y medir el tiempo que tardarían en rodar por el plano unas bolas de plomo, con lo que formuló las teorías sobre las relaciones que existen entre la velocidad, el tiempo y la distancia.

Así creó el concepto de la aceleración que se usa en la física moderna y el concepto de la fricción y la inercia con respecto a los objetos en movimiento. Analizó los componentes de la fuerza, demostrando por ejemplo, que las fuerzas que afectan a la trayectoria de una bala son hacia abajo y hacia adelante, de tal manera que puede medirse sistemáticamente. Estos experimentos iniciados antes de 1590, fueron perfeccionados y publicados en 1638 en su obra Diálogos sobre dos nuevas ciencias (movimiento y mecánica). La obra de Galileo, que inició la comprensión de estas áreas, llevó a la formulación de las leyes del movimiento de Newton, más precisas, y el perfeccionamiento que de estas leyes hicieron más tarde otros científicos. De gran significación fue el aforismo de Galileo de que se debe aprender acerca de la naturaleza mediante la observación y el experimento en vez de buscar las respuestas en las obras de Aristóteles y los antiguos sabios. En las lecciones que daba en la Universidad de Pisa, Galileo ofrecía sus observaciones experimentales y criticaba con vigor las obras ortodoxas de los antiguos cuando encontraba que eran falsas. Luchando así por nuevas verdades contra los defensores del statu quo, se ganó poderosos enemigos.

Galileo resultó un rebelde en otros sentidos. Así, por ejemplo, se negaba a ponerse las ropas académicas que usaban sus colegas, aduciendo que estorbaban innecesariamente sus movimientos. Por no usarlas, se le obligó a pagar varias multas de su escaso salario. Por fin prevalecieron sus enemigos, y Galileo fue despedido de la facultad de Pisa.

A pesar de sus rigurosas circunstancias n esa época, Galileo fue muy generoso con su familia. Asumió la responsabilidad de una considerable dota para el matrimonio de su hermana. Un hermano joven y extravagante le pedía constantemente dinero para poder vivir con elegancia.

El hecho de que Galileo tuviera que abandonar la Universidad de Pisa resultó afortunado, pues obtuvo un empleo mejor pagado (equivalente a unos doscientos dólares anuales) en la Universidad de Padua, donde también encontró mayor libertad de expresión. Su vida fue feliz y productiva durante muchos años.

En Padua, uno de sus primeros inventos fue un instrumento de cálculo llamado sector, el cual consistía en dos reglas rectas unidas en un extremo, y que podía emplearse para dibujar a escala toda clase de figuras de muchos lados. Variando el ángulo del sector y moviéndolo sobre un cuadrante que tenía su centro en el punto donde se unían las dos reglas, podía usarse para hacer muchos cálculos, como, por ejemplo, para extraer la raíz cuadrada o calcular intereses. Estableció un taller para fabricar estos instrumentos, además de brújulas magnéticas´y, más tarde, termómetros y telescopios. También llegó a ser un experto en la construcción de fortificaciones militares. Su reputación era tan grande, que sus discípulos venían de todas las clases sociales y lugares para oír sus lecciones. En un tiempo, hasta veinticuatro estudiantes vivían con él, como era la costumbre de la época, y a Galileo le gustaba inmensamente la vida social.

A principios del siglo XVII escuchó que un óptico holandés logró unir una lente cóncava y una lente convexa, de tal manera que hacía que los objetos distantes parecieran cercanos. Usando esa idea, construyó un telescopio que ampliaba los objetos treinta veces, y en 1609 dio una demostración pública de su uso. El embajador del Gran Duque de Florencia, que fue uno de los que asistieron a la demostración, comunicó su asombro al Gran Duque. Mirando el mar a través del telescopio, distinguió barcos que sólo tres horas después se hicieron visibles a simple vista. Galileo ofreció el telescopio al duque y, por gratitud, éste lo nombró profesor vitalicio de la Universidad de Padua con un salario equivalente a unos cinco mil dólares anuales.

Cuando Galileo volvió su telescopio hacia el cielo, por la noche, abrió nuevos campos de conocimiento que describió en su libro Siderius nuncius (Mensajero de las estrellas). En él dice: “Doy gracias a Dios, que ha tenido a bien hacerme el primero en observar las maravillas ocultas a los siglos pasados. Me he cerciorado de que la Luna es un cuerpo semejante a la Tierra… He contemplado una multitud de estrellas fijas que nunca antes se observaron… Pero la mayor maravilla de todas es el descubrimiento de cuatro nuevos planetas (cuatro satélites de Júpiter)… He observado que se mueven alrededor del Sol”. Descubrió que la Vía Láctea consistía en una miríada de estrellas; que el Universo no era fijo e inmutable, como creían sus contemporáneos, pues aparecían ante su vista nuevas estrellas que luego desaparecían; que los planetas Venus y Mercurio se movían también alrededor del Sol y que el sol mismo giraba sobre su eje.

Galileo, que ansiaba volver al suelo donde había nacido, buscó en esta época, y obtuvo, un nombramiento en la Universidad de Pisa. Fue un error trágico, según resultó después, ya que Pisa estaba dominada por la Inquisición, en tanto que Padua, en el territorio veneciano, tenía una mayor independencia.

En Pisa, su libro, en lugar de ser recibido como una obra que probaba de manera irrefutable la verdad de la teoría copernicana, provocó la profunda animosidad de los grupos reaccionarios que estaban en el poder. En 1616, cuando Galileo escribió una carta criticando a la jerarquía gobernante al afirmar que la aprobación de la tradicional teoría geocéntrica del Universo no se debía a errores de las Escrituras, sino a errores de quienes las interpretaban, fue llamado por la Inquisición. Sin embargo, la amistad del papa Paulo V y la autoridad de otros amigos encumbrados le permitieron salir del paso con una amonestación, pues se comprometió a no “profesar, enseñar o defender” la teoría copernicana.

Después de esto, durante algunos años se dedicó a la meditación, a las investigaciones astronómicas y a nuevas investigaciones en la física sobre sus teorías del movimiento y la mecánica. Tomó una pequeña casa cerca del convento en el que eran monjas sus dos hijas, nacidas de un breve matrimonio. Le gustaba visitar a sus hijas en el convento y platicar con ellas. Pero su único hijo, producto también de esa relación, resultó ser un holgazán extravagante.

En 1632 rompió el silencio que le impusieron y publicó otro libro, Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo, brillante sátira que demostraba por medio del diálogo las fallas del sistema geocéntrico tolomeico en comparación con el sistema heliocéntrico copernicano.

Una vez más fue llamado ante la inquisición, pero ahora su predicamento era mucho más grave, debido a que rompió su promesa de 1616, con la que ofreció someterse y desistir de las herejías. Por último, se dio a conocer la decisión de que Galileo debería jurar públicamente que sus creencias eran falsas, debería abandonar todo su trabajo científico y viviría en prisión. Debido a su mala salud y ancianidad, se le permitió quedar bajo vigilancia en la pequeña casa que compró cerca del convento de sus hijas.

Inclusive ahora, no se impuso completo silencio al gran científico. Preparó su último libro, Diálogos sobre dos nuevas ciencias, en el que resumía todas sus investigaciones sobre el movimiento y la mecánica, y lo envió subrepticiamente a Holanda, donde fue publicado en 1638. Lamentablemente, Galileo no lo vio impreso jamás porque, en 1638, a la edad de 74 años, quedó ciego. Cuando murió en 1642, venerado por los ciudadanos y muchos hombres principales de la Iglesia y de los seglares, la Inquisición se negó a permitir la realización de un funeral público.

Galileo no tenía por qué temer que sus esfuerzos fueran vanos, pues pronto el mundo reconoció sus triunfos en la astronomía y la física. Además, su método basado en la experimentación y la observación directa, en vez de la autoridad anterior, fue una de las piedras fundamentales de la ciencia moderna. Quizá la suprema importancia es la lección que con su experiencia debieron aprender las futuras generaciones: El progreso humano requiere que el espíritu de los hombres tenga libertad para disputar las ideas y buscar la verdad sin temor a la represión o la represalia.

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