
Costumbres que se manifiestan sólo después de los goles y cuyo clímax son los besos y abrazos prolongados que se obsequian después de cada tanto. Para los ojos habituados a tales escenas erótico-deportivas, la cosa pasa desapercibida, es de todos los días: alguien hace un gol, levanta los brazos o sale disparado hacia el medio de la cancha y espera, como es debido, que todos sus compañeros lo abracen y besen desesperadamente. ¿Y qué? Todos necesitamos afecto, después de todo, y nada tiene de malo que unos cuantos jugadores peludos se besen un rato entre sí… Tuve que reconocer, inexplicablemente avergonzado, que los muchachos mostraban en el abrazo y en el beso más pasión que la que ponían para llevar a la victoria las respectivas camisetas. Los vi rodar por el suelo estrechamente ligados. Contemplé con súbito asombro cómo se confundían en verdaderas moles humanas, bastante parecidas a las fotos de los pasquines barceloneses que tan perfectamente supieron perturbar nuestra adolescencia. Miré los brazos, las piernas y las bocas afiebradas en la celebración del gol. Clavé los ojos en un jugador que, después de haber hecho el gol, se arrojó al suelo y esperó, pasiva, gloriosamente, que los demás se desplomasen sobre su cuerpo de deportista. Y vi sin querer ver, los largos pelos ordenados por varias horas bajo el secador, las tinturas evidentes en algunas cabelleras, y sumé todo eso a los abrazos y los besos de los festejos, y, de reojo, contemplé la ascética figura de mi amigo y me pregunté, sin confesarlo, si a algún loco no se le ocurriría un día de estos prohibir los partidos de fútbol para menores de 21 años.
Mario Mactas, Invitado especial, "Equipo", 1977









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