
Todavía recuerdo con una cierta satisfacción una prueba medio atrevida, medio loca, que intenté una vez con una señora distinguidísima. Hacía mucho tiempo e inútilmente que yo la seguía en secreto, para ver si podía trabar relaciones con ella de una manera interesante, hasta que una vez la encontré en un camino por ahí cerca del mediodía. Sabía muy bien que ella no me conocía, ni siquiera sabía si yo era o no de la misma ciudad. Ella iba sola; pasé delante de ella, mirándola tristemente, creo que casi con lágrimas en los ojos. Me saqué el sombrero, ella se detuvo, y yo, con voz conmovida, acompañada de una dolorosa mirada, le dije: "No se moleste conmigo, señora…; pero usted tiene una semejanza sorprendente con una criatura que yo amo con toda mi alma y que está lejos de mí; por eso espero de su bondad que me perdonará mi extraño modo de proceder." Naturalmente, ella me juzgó un soñador, y un poco de idealismo agrada siempre a una mujer cuando se siente por encima de la situación y se puede reír de ella.
Y, efectivamente, sonrió, y con infinita gracia, y me saludó con una sonrisa, manteniendo siempre una línea llena de nobleza. Después continuó su camino; yo la seguía a algunos pasos de distancia. Algunos días después la encontré y me permití la libertad de saludarla. Ella me miró, sonriendo amigablemente…
La paciencia es una virtud preciosa y "reirá mejor quien ría el último".
Soren Kierkegaard, Diario del seductor, 1840









{ 2 comments }
Jejeje, bueeeno, es preferible un seductor colmilludo y mañoso que un bruto desesperado… al fin una es la que toma la decisión…
Leyendo estas palabras me acuerdo de Von Sacher Masoch, lástima que esta señora no tuviese látigo.
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