Quien lo vio, no lo olvidó. Pero es hora de decir, que su figura a solas en las cercanías de un parque semejaba una concesión inacabable de gansos y claveles, un descolorido viento de bandera victoriosa, un estornudo en mitad del silencio. La broma inexplicable de la vida apenas si corrió su rostro, absorto y blanco como un paisaje helado. Disparatado, como un novio en traje de bodas, las manos sudándole y sin palabras, iba por el mundo y los días. Con todo, le conmovían las palomas y esa clase de pensamiento que las convierte en dueñas de cielos pintados de rosa y nácar. Un campo cerrado por la primavera, un aeroplano girando en el firmamento, el sonido de un clavicordio, eran asuntos suficientes a su vida.
Una linda biografía suya tendría que comenzar por sus grandes ojos tristes, por su pequeño cuerpo ajado, frágil como una frase nunca dicha. Una linda biografía donde el mundo atardece siempre, lleno de nubes y alegres bandas de música. Sirve, entonces, decir que este martes suelta una lágrima blanda y que alguien, infantil y sentimental, traza torpemente una página con su nombre, con su imagen, Buster Keaton.
Elkin Restrepo, 1976





















