La idea descabellada: Convertir un ojo artificial en una cámara web.
La idea genial: Convertir un ojo artificial en una cámara web.
La mujer que sostiene el ojo artificial entre sus dedos se llama Tanya Vlach y perdió uno de sus ojos en el 2005 en un accidente automovilístico.
Tanya ha tenido una idea genial y, al mismo tiempo, descabellada: Transformar su ojo artificial en una webcam.
Hace un par de años, devoré en tres días la trilogía de Sawyer dedicada a los Neanderthales. Se trata de novelas de ciencia ficción. La parte científica es impecable, pero dentro del terreno de la ficción, Sawyer dota a los Neanderthales de un planeta paralelo y de una civilización tan desarrollada como la nuestra pero con prioridades diferentes. Entre las ventajas, está la de que cada Neanderthal posee un aparato que graba tridimensionalmente la experiencia de vida completa, con todo lo bueno y lo malo. Dicha información es transmitida a un banco central de datos que garantiza, entre otras cosas, que nadie podría cometer un crimen impunemente, pues la información estaría ahí, disponible para los guardianes de la ley.
La analogía, por supuesto, no es exacta, pero en el fondo se trata de la misma idea: Dotar al individuo de un testigo alterno el cual, a diferencia de la volátil y contentadiza memoria, haría perdurables todos los momentos de nuestra vida, sin importar que sean buenos, malos, vergonzosos, soporíferos o dignos de alabanza.
La idea, por supuesto, no es nueva. Hace mucho tiempo que el hilo negro fue inventado y la más genial de nuestras ideas se les ha ocurrido a cientos, si no es que a miles de personas antes que a nosotros. Sin embargo, ésta es una de esas ideas que seduce y aterra al mismo tiempo.
Se me ocurren dos panoramas:
1) Las imágenes que grabe la cámara nos pertenecen, y nadie puede acceder a ellas sin nuestro consentimiento.
2) Las imágenes son del dominio público, pero permanecerán secretas (para todos, menos para nosotros) hasta que sea absolutamente necesario acceder a ellas.
Habiendo llegado a este punto, me vienen a la mente varios panoramas: En el primero, rebobinamos la cinta y disfrutamos de aquellos momentos inolvidables, felices o trascendentales. En el segundo, alguien más oprime el botón y se convierte en testigo de nuestra vida. En ambos casos salimos perdiendo, ya que la “verdad” nos impide reorganizar los recuerdos para hacerlos compatibles con nuestra conciencia. En el segundo panorama, además, nos volvemos vulnerables ante los ojos de los demás. Esto último, sin embargo, no me parece tan peligroso ya que, por lo general, nuestros juicios suelen ser más temibles que los de quienes nos rodean.
Y como todo lo dicho hasta aquí cae en el terreno de la especulación, que cada quién le dé vueltas al asunto a su manera y que, si nos atrevemos, demos permiso a nuestros demonios a dar un paseo por los alrededores.




