Desde que YouTube entró a formar parte de nuestras vidas, la intimidad de las personas no ha tenido un momento de descanso. Las cámaras de video (o los teléfonos los celulares equipados con ellas) hacen su aparición al menor descuido y vulneran las horas privadas de los incautos. No es raro leer historias acerca de adolescentes (y no tan adolescentes) que provocan una situación vergonzosa, violenta o francamente criminal con la única intención de obtener un video que los coloque en la atención de los youtubers, por lo menos un instante. También es cierto que el portal de videos se ha convertido en una fuente de entretenimiento a la carta y que en la mayor parte de los casos contiene escenas familiares, cómicas, capítulos añejos de algunas series entrañables y millones de viñetas intrascendentes pero que para el dueño tienen un significado especial. Están también los videos de índole educativa, cultural o científica, la mayor parte de los cuales se encuentran ahí violando los derechos de copyright pero sin afán alguno de lucro… y la música, un filón interminable de clips que se repiten, que se ajustan a todos los gustos y que a fin de cuentas sirven al artista de propaganda gratuita y al público de un medio para acercarse a sus ídolos. Cada vez es menos la gente que nunca ha subido un video a YouTube y casi inexistente aquella que nunca ha entrado al portal. En todo caso, se va convirtiendo poco a poco en los ojos del internauta y en una forma eficaz y amena de dejar una huella animada del mundo.
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