
3 Enero 1680. Siempre estoy pensando en el ajedrez; creo que jamás lo jugaré bien. Hébert seis veces seguidas da jaquemate a Corbinelli: he aquí lo que ha ganado en el hotel de Condé.
7 Febrero 1680. Este caballero me ha dicho que a veces vos jugáis al ajedrez: yo estoy loca por este juego; daría mucho dinero para saberlo solamente como mi hijo o como vos. Es el más hermoso y el más racional de todos los juegos; el azar no interviene en él; uno se censura y se aplaude; se tiene la felicidad en la cabeza. Corbinelli quiere persuadirme que yo lo jugaré; dice que tengo ideas felices (petites pensées); pero más allá de tres o cuatro jugadas, yo no veo lo que ocurrirá; hace poco le decía: "Señor, tanta prudencia solicita demasiado cuidado, Yo no sabría prever un jaque con tanto tiempo".
Yo os aseguro que estaré muy avergonzada y muy humillada, si no llego por lo menos a alcanzar una fuerza mediana. En Pomponne, durante el desgraciado viaje último que hice allí, todo el mundo jugaba al ajedrez: hombres, mujeres, niños…
28 Febrero 1680. Vos me decís del ajedrez, hija mía, lo que yo he pensado con frecuencia: nada hallo tan a propósito para abatir el orgullo; este juego pone en evidencia la miseria y los límites del espíritu; creo que sería muy útil a quien le gustasen estas reflexiones. Pero también esta previsión, esta penetración, esta prudencia, esta exactitud en defenderse, esta habilidad en atacar, el feliz éxito del buen proceder; todo ello encanta y da una satisfacción interior, que podría muy bien acrecentar el orgullo. Considerándole por este aspecto, no estoy todavía bien libre de este defecto, y quiero estar algo más persuadida de mi imbecilidad.
Mme. de Sévigné, Cartas, 1680



