Desde el anuncio de su arresto, el caso de Hans Reiser se ha visto rodeado de un aura de incredulidad, cierto amarillismo y un enorme interés por parte del público, dentro del cual me incluyo. Los detalles del crimen se han ido revelando poco a poco, y servirían de tema a un buen libro del género negro.
Una de las cosas que más sorprende es que Reiser sea no solo un respetable genio de la programación, sino que sea en el terreno del software libre donde haya conseguido sus mayores logros. Reiser tiene en su haber relevantes contribuciones al entorno de Linux y un buen número de logros en otros terrenos de la informática. La imagen que tenemos del geek es la opuesta a la de alguien que, como Reiser, mata a sangre fría, esconde la evidencia y sigue tan campante, como si nada hubiera sucedido.
Se ve que, como dice el refrán, no debe juzgarse un libro por su portada.
Tras el caótico juicio donde Reiser fue hallado culpable, hubo un breve periodo de calma y, después, volvieron a producirse más hechos inesperados. En este punto, muchos dudábamos de la culpabilidad del acusado, pero en un giro sorprendente, una mañana nos recibió la noticia de que Reiser había hecho un trato con las autoridades y que había accedido a señalar el lugar donde estaba el cuerpo a cambio de una reducción a su condena.
Y así sucedió: Reiser llevó a la policía al lugar donde había enterrado el cadáver de su esposa y ayer mismo se le dictó sentencia: 15 años en lugar de los 25 que marca la ley. Podría salir antes por buen comportamiento, o prolongarse hasta la cadena perpetua.
¿Un final sorprendente para una historia de tintes novelescos? Tal vez. Lo que me queda claro es que no debe juzgarse a alguien a partir de los estereotipos. También hay geeks perversos.



