
─Seguro -dijo Ernesto-. Apestamos. La generación podrida. Sexo y pecado nos lo vendieron en el mismo paquete. Amamos con amor puro cierto tipo de mujeres, preferiblemente de signo Virgo, tipo Ingrid Bergman, Audrey Hepburn, Greta Garbo. Sexualmente nos atraen las mujeres tipo novia del teniente.
─Ya caigo -dijo Fernando-. Vestidos de raso muy ceñidos, tetas que estallan; un lunar. Ojos verdes. Como las putas de Medellín. -Novia o amante de teniente. ¿Te acuerdas, Fernando, de aquellos tenientes de Policía que se suicidaban en el Salto del Tequendama?
─¡Qué me voy a acordar, hermano! Vos sos más viejo que yo.
─¿Cuántos años tienes?
─Treinta.
─Bueno, los tenientes de que te hablo se arrojaban al Salto del Tequendama, dejando en la piedra de los suicidas una gorra, su guerrera y una carta de adiós. A veces un retrato tomado en el Parque Nacional algún domingo. Y siempre, siempre, por culpa de una mujer así. Perversa. En este sentido todos somos tenientes. ¿Verdad, teniente Isaza?
Plinio Apuleyo Mendoza, Años de fuga, 1985
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