
Hace unas semanas (meses, tal vez) comenzaron a levantarse algunas voces de distinguidos bloggers (distinguidos por notorios, no por notables) para asumir una postura pública acerca de los posts patrocinados.
Para quienes no sepan qué es esto: Una empresa le paga a un blogger por reseñar cierto producto. No le paga por hablar bien o mal. Le paga simplemente por escribir una nota sobre el bien o servicio que desee promocionar. Una práctica que, me parece, ha estado vigente por milenios.
Uno de estos próceres del blogging argumentaba con su voz tipluda y su figura pícnica que él jamás tomaría en serio a un blogger que aceptara dinero a cambio de hacer un post patrocinado. Otro de ellos, un nigromante de la empresarialidad web, apoyaba la voz revienta-miringos del primero, diciendo que la carcoma vulneraría el impecable edificio del naciente blogging si comenzaba a haber dinero de por medio.
Estas plumas (debería decir teclados) socarronas, ladinas y potentes, levantaron un revuelo concensado de no escasas proporciones. Hubo muchos que publicaron también sus opiniones para defender el punto de vista opuesto (como en toda discusión, vaya). Nada del otro mundo.
Yo jamás he recibido dinero por escribir un post patrocinado, pero no me negaría a hacerlo. Si los bloggers predicadores que he mencionado piensan que ello bastaría para manchar mi honra, yo respondería que mi honra ya está bastante manchada, que una mota más no le hará ninguna mella significativa, y que mi honra y su opinión son dos cosas que deberían mantenerse separadas si no quieren que haya puños de por medio.
Pero, ¿qué clase de persona se atreve a creer que tiene la altura moral para condenar la forma en que otros se ganan el sustento?
Seguramente se trata de sujetos con un narcisismo tan vulgar y poco educado como para pensar que su estentórea, impoluta e irrechazable opinión servirá de guía a los otros, simples mortales, lumpen de esta enorme pirámide blogosférica.
Todo aspirante a predicador debería pasar, como aquél, una temporada en el desierto, para que el silencio les permita escucharse, por una vez en su vida.
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