
Nunca he estado en el Congo, pero desde que me enteré que allá roban penes, me dan pocas (muy pocas) ganas de conocer ese país africano. Dichos robapenes robaron los penes de algunos individuos y encogieron los de otros.
Frank Bures, de la revista Harper’s Bazar, anduvo por aquellas tierras investigando sobre estos malvados sujetos y publicó un artículo al respecto en la revista antes mencionada y relata una curiosa historia de un individuo que se topó con una de esas brujas malévolas que con sólo una maldición pueden convertir el orgulloso órgano de un hombre en una viborilla minúscula, al grado de que para verla hace falta comprarse una lupa y para manipularla unas pinzas.
El hombre de la historia fue víctima de un conjuro que no tenía nada de mágico, sino que se aprovecha de ciertas creencias de aquél país, cuyos habitantes creen que una bruja (o brujo) tienen el poder de reducir el pene de un hombre o hacerlo desaparecer por completo.
Es una más de las condiciones mentales que se basan en la cultura de una sociedad, en sus creencias y en sus miedos y que por lo mismo no alcanzan el estatus de padecimientos psiquiátricos, como lo es en México el espanto, el mal de ojo o el aire.
Por fortuna, cuando el hombre enfrentó a la bruja y comenzó a dar voces llamando a la policía, ella decidió regresar a su tamaño normal el preciado tesoro de la víctima y todo quedó en un susto.



