Se revolcaban en el suelo, destrozándose con golpes desgarradores; era una lucha a muerte entre dos fieras salvajes. Terkoz, el gorila, tenía varias cuchilladas en la cabeza y en el pecho, y Tarzán estaba con el cuerpo desgarrado, cubierto de sangre y gran parte del cuero cabelludo le colgaba por delante de la cara tapándole un ojo…
A los diez días se encontraba casi restablecido, con excepción de una terrible herida a medio cicatrizar que partía de la ceja izquierda, le cruzaba la frente y acababa al lado de la oreja derecha. Era la señal que le había dejado Terkoz cuando le arrancó parte del cuero cabelludo.
Edgar Rice Burroughs, Tarzán de los Monos, 1912
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