Entró presuroso. Como cualquier Diógenes, buscaba un imbécil. Le fue imposible individualizarlo en aquella reunión de grandes hombres de empresa: no buscaba sino uno.
Luis Vidales, Suenan timbres, 1926
Previous post: Un "huele-sobacos" es condenado a 14 años de prisión
Next post: Hablando de piernas