Siempre estoy a la caza de nuevos blogs. Lo mejor de la blogósfera es tener mucho qué leer, y que la generosidad de los autores lo ponga todo en bandeja de plata, sin que me cueste un quinto. No es que sea tacaño cuando se trata de material de lectura, pero recuerdo aún el tiempo en que si uno quería leer algo, había que pagarlo. Ya no es así, y me regocija hallar verdaderas joyas cuyo único precio es un par de clicks. Eso me parece increíble, y me siento muy agradecido.
No sé cómo, el otro día me topé con un blog que se llama Princesa de Porcelana. Se trata de un blog personal, muy personal y muy íntimo. Tanto, que la primera vez que entré sentí un poco de remordimiento por estar invadiendo un espacio tan cargado de experiencias personales y sin haber sido invitado.
No puedo negarlo, éste tipo de sitios me gustan mucho. Muchísimo. Será tal vez mi hambre voyeurista, o será el morbo. No lo sé. El asunto es que me quedé hipnotizado un buen rato por las entradas de la autora, cuyo nombre (eso me parece muy bien) no figura por ninguna parte. Pienso que si uno va a escribir un blog de este tipo, lo mejor es dejar la autoría en el anonimato, o en el misterio.
La entrada a la que llegué inicialmente se llama “Restaurante para anoréxicas”. Princesa de Porcelana dice:
Hace poco escuché en el telediario que en Berlín había un restaurante para anoréxicas. La dueña, una tal Katja Eichbaum, es o ha sido anoréxica, igual que la camarera y la cocinera del restaurante. El local se llama Sehnsucht, que significa algo así como “ansia”. Los platos tienen nombres muy peculiares como “hambre voraz” (aunque a mí, que he sido/soy anoréxica, estos nombres más bien me asustan). Los azulejos del baño están inscritos (y esto sí me parece una buena idea) con las palabras “energía”, “fuerza”… El objetivo es que las clientas recuperen el apetito, que dejen de aterrorizarse ante la comida y que conviertan el acto de comer en un placer y no en un sufrimiento.
Un poco después, adopta un estilo aún más personal y escribe:
Se lo conté a mi madre y le dije que me parecía maravilloso porque a las anoréxicas nos da miedo salir a comer por ahí. A mí ya no, pero el verano pasado, cuando decidí que tenía que engordar y volví a comer como una persona normal, me echaba para atrás verme las cantidades indecentes que sirven en cualquier restaurante tipo el Hollywood o el Comics (una hamburguesería de la playa). A mí por lo menos, me entraba un poco de ansiedad al verme tanta comida enfrente. Sabía que no podía acabármelo porque mi estómago estaba muy cerrado, pero cualquier persona normal se lo acabaría. Los ojos de mi madre estaban clavados en mi plato. Ella vigilaba que comiera mucho y yo sólo quería comer poco. Porque, es una sensación muy rara: querer engordar pero no querer. Saber que te estás pasando pero sonreir cada vez que la báscula baja.
Como mencioné, es un espacio muy íntimo, con entradas que lo sacuden a uno, con muchas reflexiones en torno a los temas que le obsesionan a Princesa de Porcelana a quien, como lector, le agradezco inmensamente por su blog.



