
El 16 de marzo del 2000, una corte pakistaní en la ciudad de Lahore sentenció al asesino serial de niños Javed Iqbal a la pena de muerte. El juez ordenó que fuera ahorcado en presencia de los padres de los niños que asesinó. El juez Allah Baksh Ranja añadió que, después de esto, el cuerpo sería cortado en 100 pedazos y puesto en ácido de la misma manera que Iqbal hizo con sus víctimas. Sus tres cómplices también fueron juzgados. Uno de ellos, de nombre Sabir, de 13 años de edad, fue sentenciado a 42 años de prisión y los otros dos a la pena de muerte.
Iqbal, de 42 años, inicialmente confesó sus crímenes en una carta enviada a la policía. En ella, decía que estranguló a los niños, los desmembró y los arrojó a un recipiente con ácido. Después, se retractó de su confesión, pero era demasiado tarde: La policía encontró los restos de dos cuerpos en un recipiente en su casa. También hallaron las fotografías de los 100 niños que Iqbal había confesado matar en su carta. También hallaron ropas pertenecientes a los niños. Se convirtió, de esta manera, en el peor asesino serial de Pakistán. Previamente, los peores asesinatos seriales habían sido perpetrados a mediados de la década de los 80s cuando docenas de personas fueron asesinadas en una serie de misteriosos ataques nocturnos. La policía los llamó "El grupo del martillo". Los atacantes irrumpían en las casa y golpeaban a sus habitantes con martillos hasta matarlos. Nunca fueron apresados.
Los padres de los niños desaparecidos fueron contactados para que testificaran sobre las ropas y las fotografías halladas en casa de Iqbal. La mayoría fueron identificados, pero la policía no pudo recuperar ninguno de los cuerpos. La búsqueda de Iqbal fue una de las mayores cacerías humanas en Pakistán. El 30 de diciembre, Iqbal entró a las oficinas de un conocido periódico paquistaní y confesó todo. Se rehusó acudir a la policía porque, dijo, temía por su vida. Durante el juicio, el asesino de niños dijo que sólo había sido testigo de los asesinatos, pero que no había matado a nadie.
Inicialmente, Iqbal dijo que había matado a los niños, pero que estos eran sólo vagos, y que lo había hecho como una forma de venganza por el abuso que cometieron con él las autoridades policíacas cuando, en un previo arresto por sodomía, lo golpearon salvajemente. Durante los seis meses que duró la matanza de niños, Iqbal mantuvo un detallado registro de los asesinatos, haciendo listas de los nombres, edades y las fechas en que murieron. También conservó los zapatos y mucha de la ropa. Por si esto fuera poco, calculó cuánto había gastado en matarlos. Dijo que en, términos de costo, incluyendo el ácido, le había costado 120 rupias (2.40 dólares) asesinar a cada una de las víctimas.
Una semana después de su sentencia, un alto mandatario de la Iglesia pakistaní dijo que la planeada ejecución de Iqbal iba en contra de los postulados islámicos. La sentencia especificaba que el cuerpo de Iqbal debía ser cortado en 100 pedazos y disuelto en un recipiente con ácido, pero el Consejo de la Ideología Islámica dijo que ofender el cuerpo de una persona muerta desafiaba las creencias islámicas y al Corán mismo.
El 25 de Octubre del 2001, Iqbal fue hallado muerto en su celda, aparentemente envenenado. Su suicidio aconteció 4 días después de que Iqbal presentara una apelación a la sentencia argumentando que había confesado los crímenes tras ser golpeado por las autoridades, y que era víctima de una conspiración policiaca. Sin embargo, la evidencia contra Iqbal era contundente y, además, tenía varios intentos suicidas previos, lo cual hizo creíble el método que eligió para escapar de su condena.
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