Hay días en que las cosas no van del todo bien, en que uno termina pensando que más valdría haberse quedado en la cama. Por lo general, los primeros síntomas aparecen al momento mismo de abrir los ojos.
─¿Qué día es hoy? ─preguntamos (a nosotros mismos). Si la respuesta es “Lunes”, aparece el primer calambre en el estómago. El fin de semana ha quedado atrás y ahora hay que apresurarse, pues hace media hora que debíamos estar levantados.
El resto del día pasa frente a nuestros ojos en cámara lenta, y ni siquiera una sobredosis de cafeína nos libra de la tortura. Los errores van acumulándose uno sobre otro y cuando finalmente damos por concluido el trabajo del día, nos queda la sensación de que mañana habrá que rehacerlo todo (segundo calambre en el estómago).
Y como nuestro cerebro se ha ido de vacaciones (inmerecidas, por supuesto), no nos queda mas que vegetar frente al televisor hasta que nos vence el sueño, o leer algún libro sin entender gran cosa, o conversar por teléfono con alguien sobre temas que olvidaremos al momento mismo de colgar, o dar un paseo y mirar el mundo con ojos vacíos, indiferentes.
Por eso digo que cuando nuestro cerebro se pone en huelga, más vale no forzar las cosas y resignarnos a borrar ese día del calendario y hacer como si no hubiera existido jamás.



