Peligrosa cosa es tener la mujer hermosa, y muy enfadosa tenerla fea; pero bienaventuradas las feas, que no he leído que por ellas se hayan perdido reinos ni ciudades, ni sucedido desgracias, ni a mí en ningún tiempo me quitaron el sueño, ni agora me cansan en escribir sus cosas; y no porque falte para cada olla su cobertura.
Juan Rodríguez Freyle, El Carnero, 1638



