Hacer el amor con una leona de mar, dijo, es desagradable al principio. Luego uno se acostumbra al aliento con olor a pescado podrido. No hay como la ternura de los leones marinos: Te miran con unos ojos redondos y negros y se frotan contra tu cuerpo. Languidecen tendidos al sol durante horas y horas. La piel es sedosa como el armiño y húmeda como mil pinceles de aceite.

Marco Tulio Aguilera Garramuño, Cuentos para después de hacer el amor, 1984

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