
Esperar un elevador no es la cosa más placentera del mundo. Solemos considerar el tiempo perdido con más severidad de la habitual. Nos hemos vuelto codiciosos con nuestro tiempo y evitamos exponernos a situaciones que signifiquen una pérdida de los importantísimos minutos de que está compuesta nuestra vida.
Los inquilinos y clientes de un gran edificio de oficinas se quejaban constantemente del pobre servicio que prestaban los elevadores. La administración decidió recurrir a una empresa de consultoría especializada en problemas relacionados con los elevadores para tratar de resolver la situación. Enviaron técnicos para medir los tiempos de espera y estos se mostraron de acuerdo con los quejosos: Los elevadores eran demasiado lentos. Propusieron cambiar los elevadores por otros más veloces, o añadir algunas unidades más. Como es obvio suponer, esto no satisfizo a los tacaños propietarios del edificio, y la empresa de consultoría declaró que el asunto era imposible de resolver a menos que estuvieran dispuestos a invertir una fuerte cantidad de dinero.
Un joven psicólogo que trabajaba en el edificio se enteró del dilema y opinó que el problema se debía a que los usuarios se aburrían como ostras mientras esperaban el elevador. Sugirió que en vez de gastar dinero en modernizar el servicio, los dueños debían darles algo qué hacer a los impacientes quejumbrosos. Propuso colocar espejos en los lobbies para que la gente se distrajera mirándose a sí mismos o a los otros sin que estos se dieran cuenta.
Poco tiempo después, instalaron los espejos y las quejas pararon por completo. Muchos de los que previamente habían reclamado por la lentitud de los elevadores felicitaron a la administración por haber mejorado tan notablemente el servicio.



