Nos reímos a carcajadas cuando nos dicen que Descartes (aunque fuese un gran hombre) sentó como una de las reglas de oro de sus estudios que se guardaría de todo “prejuicio”, puesto que sabemos que cuando un prejuicio de cualquier clase es visto como tal, o sea cuando se lo reconoce como un prejuicio, deja de ser un prejuicio a partir de ese momento. Los prejuicios verdaderamente engañosos de un hombre son aquellos de los que ni siquiera sospecha que sean prejuicios.
Thomas de Quincey, Filosofía de Herodoto, 1842




