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"Una máquina puede hacer el trabajo de cincuenta hombres ordinarios. Ninguna máquina puede hacer el trabajo de un hombre extraordinario"
Elbert Hubbard, Filósofo Norteamericano y Escritor (1865-1915).
Aunque esta frase fue escrita mucho tiempo antes de que entraran en juego las computadoras modernas, pienso que aún tiene vigencia en cuanto a que la creatividad parece ser un algoritmo imposible de imitar, de formar parte de un programa informático. Los grandes avances de la historia se han dado en breves saltos, cada vez que un hombre excepcional aborda un problema desde un punto de vista nuevo, revolucionario. Esa visión original se debe, muchas veces, a un destello de genialidad y, otras, al trabajo concienzudo y paciente de alguien que decidió poner su vida al servicio de una idea.
Una cosa para la que las máquinas parecen ser muy buenas es para generar respuestas. Planteen cualquier pregunta a una computadora y si ésta tiene la información suficiente y cuenta con un programa capaz de procesarla, generará una respuesta veloz, precisa y clara.
…pero el avance de la humanidad no se debe a los individuos (o a las máquinas) capaces de generar respuestas, sino a quienes se plantean las preguntas adecuadas y trabajan denodadamente para hallar una solución.
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Comentarios
4 Comentarios a “Las Máquinas y los Hombres Extraordinarios”
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Andres estoy de acuerdo de que por mas avances y automatizaciones y mejor tecnologia , el hombre sigue siendo la mejor muestra de que el ingenio y la creatividad no son faciles ni de reproducir ni de mejorar
Saludos
Dante
Totalmente de acuerdo, el quid de la evolución es plantear las preguntas adecuadas. Aunque en un momento dado no puedas darles respuesta, la labor de otros hombres posteriores quizá la encuentre.
Dante: No dudo que en algún momento haya computadoras y programas capaces de utilizar la imaginación en sus algoritmos, pero por ahora eso es algo muy lejano.
Tú Misma: Así es. Creo que es más importante la transmisión de las dudas que la transmisión del conocimiento. Recuerdo que tenía una maestra en la carrera que cuando alguien levantaba la manod y decía: “Tengo una duda”, ella movía la cabeza y respondía: “Dichoso, yo tengo miles”.