Alebrijes

by Andrés Borbón on 5 March, 2008

in Literatura, TecnoFicción

Alebrije-1

Compré el alebrije a un amigo, quien argumentó que lo vendía porque no iba a juego con la decoración de su nueva casa. Siempre he sido un fanático de estos muñecos de papel engomado o de madera. Éste era de los segundos: Tallado primorosamente en roble, representaba una especie de león con cola de lagarto y cuernos rojos que se curvaban alrededor de la cabeza como si fueran tentáculos. De unos treinta centímetros de alto, el monstruo se paraba sobre sus patas traseras como un caballo rampante. El artista se había esmerado en los detalles: Los dientes parecían reales y los ojos daban la impresión de moverse cuando el observador cambiaba de posición, como el retrato de la Mona Lisa.

Poco después, comencé a dormir mal. Me despertaba a media noche con la impresión de que alguien rondaba por la planta de abajo. Cuando iba a echar un vistazo, no encontraba nada. Algunos detalles extraños comenzaron a llamar mi atención: Los objetos desaparecían. Siempre eran cosas pequeñas: Un bolígrafo, un par de clips, trozos de periódico, pinzas para ropa. Al principio no le di importancia, ya que siempre he sido distraído. Cuando los hurtos continuaron, comencé a preocuparme. A pesar de que vivo solo, tenía la impresión de que había alguien más en la casa.

Comencé a sospechar del alebrije. No se lo dije a nadie porque hubieran pensado que estaba loco. Me di cuenta (creí darme cuenta) que estaba cambiando de forma: Parecía más robusto y en los ojos tenía una expresión de tristeza que no percibí al principio. Una noche, esparcí un poco de harina alrededor de él y a la mañana siguiente pude ver una serie de pequeñas huellas impresas en el fino material.

─Así que tú eres quien ha estado robando mis cosas, ¿eh? ─dije en voz alta, acercándome a la figura de madera, pero ésta permaneció inmóvil, congelada, muda.

Unas noches después, me despertó un tenue llanto. Provenía de la sala y cualquiera diría que se trataba de un niño, o de un gato. Bajé las escaleras y encendí la luz. De inmediato, miré la mesa donde había colocado el alebrije, pero éste no se encontraba ahí. Tras buscarlo mucho, lo hallé bajo uno de los sillones, acurrucado en un nido hecho con hojas de papel periódico. A su lado se retorcía un pequeño ser con tres pares de piernas, cuerpo de dragón, melena de león y unos cuernos idénticos a su madre, quien me miró con ojos suplicantes.

No tuve corazón para echarlos. El bebé es algo travieso, pero ya me he acostumbrado a él y la única condición que les puse para quedarse era que permanecieran quietos cuando tuviera visitas en casa.

© Andrés Borbón 2008

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