
(CUENTO)
Entender qué fue lo que sucedió no es sencillo:
Soy mago profesional y aquella tarde preparé el acto principal con mi nueva asistente, una hermosa chica de ojos azules que había contratado recientemente, tras despedir a Lisa, quien había trabajado conmigo durante años pero que resultó, a fin de cuentas, un estorbo y un tormento. Me enamoré de Lisa perdidamente, pero las cosas no salieron como pensábamos y, tras un tiempo, la relación se tornó demasiado agria, demasiado dolorosa, así que preferí cortar por lo sano y, tras discutir acaloradamente, le dije que estaba despedida. Ella se puso muy mal. Pidió que le diera una última oportunidad, pero me negué en redondo. Al final, se fue, jurando que me arrepentiría de todo esto.
Mi nueva asistente era bella pero demasiado torpe. Le expliqué hasta el cansancio en qué consistía cada uno de los actos y ensayamos decenas de veces el truco principal. Al final, comprendió lo que tenía que hacer y, cuando salimos a escena, me sorprendió ver que el lugar estuviera lleno. No cabía una aguja en el teatro e, incluso, había gente de pie al fondo de la sala. Aquella iba a ser una noche espléndida, o por lo menos eso pensé.
Cuando llegó el momento de realizar el acto de las espadas, llamé a mi asistente con un par de palmadas y ésta salió a escena vistiendo un minúsculo traje entallado, antifaz y guantes blancos. Se veía preciosa, debo admitirlo. La encerré en la caja de madera e introduje lentamente cada una de las diez espadas que, gracias a un ingenioso mecanismo, se doblarían para evitar dañar a la chica. Sin embargo, sentí algo extraño cuando las clavé en las ranuras y, por un momento, dudé. Aquella vacilación hizo aumentar el suspenso y algunos de los asistentes se pusieron a aplaudir antes de tiempo. Por fin, terminé de insertar las espadas, di unas cuantas vueltas a la caja para mostrar al público la zona donde asomaban las puntas de las mismas y comencé a sacarlas una por una. Cuando iba por la segunda, me di cuenta que estaba manchada de sangre. Sin pensarlo un instante, extraje el resto de las espadas y abrí la caja.
El teatro se llenó de gritos de horror, exclamaciones y rostros azorados. Alguien sugirió llamar a una ambulancia, pero yo sabía que era demasiado tarde: Lisa estaba muerta, tumbada en el hueco de la caja, en medio de un charco de sangre, sin el antifaz y con una expresión satisfecha en el rostro.
© Andrés Borbón 2008



