Teletransportación

by Andrés Borbón on 20 February, 2008

in Literatura, TecnoFicción

light in the dark-1

Hace un par de semanas, acepté la invitación de un amigo para ir a su casa y beber un par de cervezas. Esas reuniones llevaban repitiéndose una vez al mes, más o menos, desde los lejanos tiempos de la universidad y siempre terminábamos recordando viejas películas, el nombre de las chicas con las que salimos y a los profesores que detestábamos. Una rutina que seguíamos al pie de la letra con más resignación que placer y que, invariablemente, nos ponía algo nostálgicos.

Antes de entrar a la cámara teletransportadora, le di un beso a mi mujer y aseguré que estaría en casa antes de la medianoche. Ella me miró de la misma forma que siempre, un poco con reproche, pues sabía que llegaría más tarde, alrededor de las tres de la mañana y un poquito achispado. Sin embargo, sonrió y me dijo que ella y los niños planeaban ir de compras y a casa de sus padres, que no me preocupara por la hora. Buena chica.

No recuerdo bien cómo sucedió. Debí cometer un error al oprimir los botones en el panel de control, o la máquina tendría un desperfecto. Sentí el conocido cosquilleo en la piel cuando el escáner holográfico recorrió mi cuerpo y, en vez del habitual destello purpúreo que invariablemente precedía a la teletransportación, me vi sumido en la más absoluta oscuridad. Miré en todas direcciones y extendí los brazos, pero las puntas de mis dedos no hallaron nada que palpar. Intenté caminar, pero me di cuenta que mis pies no tocaban el suelo. Era como si flotara en un mar negro, tibio y silencioso. Cuando traté de gritar pidiendo ayuda, de mi boca no salió el menor sonido.

Pasó algún tiempo (¿Días? ¿Semanas?) antes de que percibiera aquel tenue destello en el cielo, muy por encima de mí. Alcé los brazos hacia él, intenté saltar, nadar, trepar, pero nada funcionaba. Seguía en el mismo punto y, por momentos, perdía de vista el débil resplandor, que se encendía y apagaba con cierta regularidad. Entonces me di cuenta que bastaba desearlo para cambiar de posición y, lentamente, milímetro a milímetro, me fui acercando a él. Era una especie de claraboya a través de la cual pude ver la sala de mi propia casa. Ahí, un hombre que se parecía a mí se esmeraba frente al ordenador, daba palmadas en la cabeza de mi perro, bebía café de mi taza favorita y conversaba con mi mujer, pasándole el brazo sobre los hombros y sonriendo tal y como yo lo hubiera hecho.

© Andrés Borbón 2008

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