
Cierto día que viajaba en ferrocarril, el poeta Norteamericano James Whitcomb Riley escuchó ásperas reconvenciones del revisor por haber infringido leve e inocentemente alguna regla de la compañía.
─¿No va usted a contestarle como se merece? ─le preguntó un amigo vivo de genio─ Cuando menos dará usted parte a la empresa, ¿verdad?
─No ─contestó Riley─. Por mi parte considero terminado el incidente. Si ese sujeto desagradable puede aguantarse a sí mismo toda la vida, bien puedo yo tolerarlo por unos minutos.



